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¡Hala,
sin comer!
Nos daba Literatura el padre Esteban. Un cura a mi modo de ver,
muy liberal, con una manera de ser muy original, para ser cura.
Actuaba de acuerdo con sus ideas siempre, lo que le acarreaba
algunas diferencias con los demás jesuitas, y sobre todo
con el padre Rector. Era además, al igual que el padre
Fierro –eso sí, con otro estilo–, un gran futbolista.
Un día cuando entró en clase, vio que en una pared
había pintada una “tía en pelotas”.
Reacción normal:
–¿Quién ha pintado esto?–.
Reacción más normal. Nadie contestó. Nadie
la había pintado. Por muy culpable que uno fuera; cualquiera
se atrevía a reconocer aquel mural como suyo. Las cosas
del sexo estaban terminantemente prohibidas y el temor a un castigo
por tal circunstancia era muy grande.
Yo no sé quién fue el gracioso, el caso es que la
reacción del padre Esteban no se hizo esperar:
–Si no sale el autor os quedaréis sin comer–.
Su clase era la última de las de por la mañana.
El dibujante no apareció y el castigo no nos lo quitó.
Tan solo hubo uno que no se quedó sin comer: Paco “el
Gordo”; un tío de 1,85 metros de estatura y más
de 100 kilos de peso. Su constitución física no
le permitía pasarse por alto ni una sola comida, y mucho
menos la de las dos y media.
–Que me castigue si quiere, pero a mí no me deja
ni mi padre sin comer–. Dijo el bueno de Paco. ¡Olé
tus cojones, Paco!
Las clases por la tarde empezaban a las tres y media. Nos dejaron
libres a las tres y veinte, y todos salimos despedidos para ver
qué podíamos meter en nuestro castigado estómago.
Yo me fui directo a la cocina. Por el camino me crucé con
Paco que me soltó dos eructos para joderme más.
–Que aproveche–. Le dije. Él calló;
miró hacia otro lado con chulería, y siguió
su camino como si no hubiera pasado nada. ¡Cómo que
no había pasado nada! Él había comido, no
te jodes. Se había arriesgado, pero había comido,
y bienvenida sea la bendita comida que le estaba repitiendo ahora
en su gran estómago. Yo me decía: Cuánto
daría yo ahora porque me repitiera la comida, o me hubiera
dado acidez de estómago, o ardor de estómago, o
me hubiera producido gases, o incluso cagalera...
En la cocina no me pudieron dar ni un trozo de pan.
Ese día habían tenido uvas de postre, y fuera del
comedor estaban los cestos donde las habían llevado al
colegio. Cuando me dirigía al dormitorio pensando que me
iba a tener que comer un cacho de chorizo, casero, por supuesto,
sin pan ni nada; encontré en uno de los cestos un cacho
de pan pequeñito. Aquello para mí era el “maná”.
Cómo me iba a comer un cacho de chorizo sin pan.
Con mi reducido cacho de pan me hice un bocadillo, que devoré
en unos segundos. Me supo a gloria bendita. Creo que ha sido una
de las veces que he comido una cosa con más ganas y más
satisfacción.
En aquellos tiempos había un bar enfrente del colegio:
“El Cielo”. Lindo nombre. Allí se fueron a
comer algo otros cuantos de la clase, la mayoría externos.
El tiempo que teníamos para comer era muy reducido; eran
diez minutos que no daban nada de sí.
Estos sí que son los últimos
A las tres y media teníamos clase de Tecnología
con “mi amigo” Espinel. Cuando comenzó la clase
estaríamos en la misma, unos diez. En la clase éramos
treinta y ocho. Los demás fueron llegando a intervalos,
lo que suponía interrupciones y más interrupciones
a nuestro profesor en sus explicaciones.
Llamaban a la puerta. Espinel mandaba pasar y les preguntaba los
motivos de su tardanza. Con los primeros condescendió pronto,
pero luego, una vez que iban llegando los demás de “El
Cielo”, se empezó a mosquear –pensaría
que del Cielo nadie vuelve–, hasta que dijo a unos:
–Bueno, pasad, pero de ahora en adelante, los que falten
ya pueden llamar todo lo que quieran porque les va a dar lo mismo.
No van a pasar–.
Dicho esto, volvieron a llamar a la puerta. Los que llamaron expusieron
el mismo argumento que todos los que les precedieron y que ya
le habíamos explicado los que estábamos al empezar
la clase.
–Bueno, pasad, pero estos sí que son los últimos
que pasan, si no, no voy a poder explicar nada–.
Una vez sentados los últimos en llegar, cuando ya serían
aproximadamente las cuatro; de nuevo golpes en la puerta solicitando
el permiso para entrar. Nuevamente los mismos argumentos y nuevamente
las mismas insinuaciones de Espinel:
–Venga, pasad, pero ahora sí que ya no pasa nadie
más–.
Eran la cuatro y diez cuando llegó el penúltimo
grupo, y todo como un calco de los anteriores. Y Espinel:
–Os habéis empeñado en que hoy no explique
y os vais a salir con la vuestra. No quiero que esto vuelva a
suceder. Pasad, pero vais a ser los últimos, porque si
falta alguien ya no va a entrar, se va a quedar en el pasillo–.
Supongo que se quedaría con las ganas de acabar la frase
con la exclamación ¡por la madre que me parió!,
que queda muy bien.
Eran las cuatro y veinte. Faltaban solo diez minutos para acabar
la clase, cuando llaman a la puerta los que quedaban. Lo de todos:
que tenían mucho hambre; que no les pudieron atender antes,
que... Y Espinel fuera de sus casillas. Yo sacando a relucir mi
risa maliciosa sin que me viera el profesor… –Bueno,
pues quedaos en el pasillo, ya no aguanto más–.
Estos se salieron, y Espinel preguntó que si además
de aquellos quedaba alguno. Le dijimos que no, que ya eran los
últimos.
–Bueno..., decidles que pasen–.
No hicieron más que sentarse en sus pupitres y sonó
el timbre anunciando el final de la clase.
Así pasó la primera clase de la tarde de un día
en que nuestros estómagos –excepción aparte,
de Paco–, nunca perdonarían a aquel dibujante pornográfico
que no tuvo otro sitio para expresar sus…, más que
en una pared de la clase. ¡Qué cabronada!
El Cantalejo II
Las clases más desmadradas seguían siendo las de
Higiene, con el hermano Cantalejo.
Seguía el cachondeo a destajo.
Un día nos quiso explicar los métodos de respiración
artificial, y los explicó; pero en el que más hincapié
hizo fue en el boca a boca. Pidió un voluntario para que
hiciera de víctima y la explicación fuera más
real. Salió José Arias, un chico de Gijón;
uno de los mayores getas de la clase. El Cantalejo le mandó
tumbarse en la mesa mientras todos los de la clase fijábamos
nuestra mirada en Arias pensando qué faena le podría
hacer al Cantalejo. No se hizo esperar. Cuando el Cantalejo fue
a unir su boca con la de Arias, este, pensando en la fama de marica
que tenía y que lo que pretendía era darle un beso,
empezó a escupir para arriba, bañando la cara de
nuestro profesor, y tirando por tierra todas las ilusiones de
este, que por lo visto pensaba aprovechar la ocasión del
boca a boca para hacer una escena a lo Clark Gable.
El Cantalejo se enfureció y salió de la clase bufando
y despotricando y diciendo que éramos mala gente y que
no había manera de hacer nada útil con nosotros,
porque no teníamos remedio.
Una vez más se impusieron las gamberradas sobre ¿el
buen hacer de personas incomprendidas? Claro que, había
que estar en el pellejo de Arias...
El taller
El taller era un “show” la mayoría de los días.
Uno de los días que más nos reímos fue cuando
oímos chillar a “Carpi”, Rafael Carpintero.
Probando una instalación, tocó sin darse cuenta
unos terminales conectados a “muchos” voltios; se
le quedó la mano pegada y pegó unos chillidos que
creo que se oyeron a cientos de metros. Fuimos a ver qué
había pasado y vimos al pobre “Carpi” más
blanco que una casa gaditana. No sabía donde estaba. Daba
palmadas como queriéndose quitar algo que tuviera en las
manos. Le tuvimos que dar un par de tortas para hacerle reaccionar.
Ortíz
Ortiz era un chico de Mucientes, de la clase de electrónica.
Contaban sus compañeros de clase que en un examen de matemáticas,
antes de empezar el mismo, una vez dictado por el profesor, decía
en voz baja:
–Me lo sé todo. Me lo sé todo. Tranquilo Ortiz,
tranquilo–.
Acabado el examen, y pasados unos días, el profesor leyó
las notas. Cuando llegó a Ortiz dijo:
–Ortiz, 2–.
Yo no estaba en esa clase, pero no hace falta ser muy inteligente
para imaginarse la reacción de sus compañeros.
La
carga
En mi clase había otro chico de Mucientes, Andrés
Vaquero. Era más bruto que un arado. Le llamábamos
“la Carga”; porque un día jugando al fútbol
entre los de la clase, le entró al que llevaba el balón
de tal manera que le tiró al suelo bruscamente.Todos dijimos
que aquella entrada había sido falta, y él con aire
de suficiencia nos contestó a todos:
–-Eso ha sido “carga legal”–. Así
que con “la Carga” se quedó.
Otra
de las anécdotas de Andrés Vaquero sucedió
jugando un partido de fútbol contra otra clase, cuando
le dijo al compañero que llevaba el balón:
–Métesela a Teresa por el extremo–.
¡Je!; Martín Teresa; al que llamábamos Teresa
por ser su primer apellido, jugaba de extremo derecho; de ahí
la expresión de nuestro original compañero.
Fue una expresión muy lógica, pero trajo cola. Menudos
éramos. No pasábamos por alto ni una, y menos de
ese tema. Y menos mal que Martín Teresa nunca se ruborizó.
Cosas de mucenteños.
Los
préstamos de Vaquero
Andrés Vaquero fue mi salvación durante muchas semanas,
porque era el que me hacía los préstamos para comprar
cigarrillos cuando me quedaba sin dinero. Entonces la Felisa,
la señora del kiosco ambulante, nos daba cuatro cigarrillos
de Celtas –que era lo único que podíamos fumar–
por una peseta. Préstamos que siempre le devolvía
el lunes de lo que me sobraba de la propina, una vez superado
el fin de semana.
Poco era lo que me sobraba, así que los jueves o los viernes
ya volvía a solicitar el favor de mi compañero.
Dinero. Dinero. Dinero, vil metal. Que dijo Juan Manuel Serrat.
Malabarismos
Ortega
Como en la clase había de todo, no podía faltar
el copión, el clásico tío que aprueba todos
los exámenes que puede a base de copiar. Me refiero a Salvador
Pérez Ortega, Ortega, de Santovenia de Pisuerga; un verdadero
especialista en estas lides; un extraordinario malabarista con
los libros y los apuntes en los exámenes, y uno de los
mejores a la hora de las prácticas de taller; que todo
hay que decirlo. Era un manitas.
Era un verdadero espectáculo verle copiar, al igual que
eran una maravilla sus instalaciones en el taller.
Vayamos con sus maniobras en los exámenes teóricos.
Llevaba a los exámenes todos los apuntes que tuviera a
mano. Le daba lo mismo que el profesor estuviera vigilando estrechamente
para que nadie copiara. Él se las apañaba para que
todo su examen saliera de chuletas y otras artimañas ilegales.
Un día hicimos un examen teórico de dibujo. Al día
siguiente, una vez corregidos los exámenes por nuestro
profesor, el señor Pastor; este se dispuso a decir las
notas de los exámenes. Cuando llegó a Ortega le
extrañó mucho su examen; debía estar muy
bien, casi calcado. El profesor mosqueado, no se fió y
le dijo:
–Ortega, tú has copiado.
–¿Yo? Yo no–. Dijo Ortega.
–Sí, sí que has copiado–. Insistió
el Pastor. –Y si no, mira, te voy a hacer una pregunta del
examen–.
Le preguntó una de las cuestiones del examen, y Ortega
no sabía ni qué hacer, ni qué decir, porque
no tenía ni puñetera idea. El caso es que el Pastor
le puso un “0” como un catedral. Por malo, por copiar.
El
dormitorio
Nos cuidaba en el dormitorio Manrique; antiguo alumno. No era
mala persona, quizá demasiado serio. Tenía un bigote
a lo José María Iñigo, muy de moda en aquella
época para los que tenían bigote o se lo podían
dejar..., no era mi caso. Lo único que había que
hacer para llevarse bien con él era “no buscarle
las cosquillas”, para no hacerle cabrear.
Cuando acababa el estudio por la noche, casi todos los días
nos mandaba salir al pasillo central del dormitorio, donde nos
daba algún consejo; nos hacía alguna advertencia
o nos decía alguna cosa referente a nuestro comportamiento
en el dormitorio: no dar guerra durante el estudio ni una vez
apagadas las luces; dejar estudiar al que tuviera ganas de hacerlo;
levantarse antes de la cama por las mañanas...
Una de estas noches, mientras nos estaba hablando, mi mirada se
cruzó con la de Valsero, uno que había estado el
primer año en mi clase. No sé si teníamos
monos en la cara, pero cuando nos mirábamos a los dos nos
daba la risa. Aquella vez no fue menos. Nos dio la risa. Manrique
nos vio y nos mandó salir del dormitorio. Mientras salíamos
a mí me vinieron unas ganas de reír que no me pude
aguantar y solté una carcajada. Manrique me llamó
y me dijo que por qué había soltado aquella carcajada.
Como yo no tenía ninguna explicación, ninguna explicación
le pude dar más que encogerme de hombros y callar. Él
creyó que me reía de él, me dio un par de
tortazos y me mandó salir fuera del dormitorio. Tenía
entonces quince años, edad en la que ya no se deben recibir
tortazos como castigo. Ahora no lo podría hacer.
Afuera estaba ya Valsero, compañero de aquel trance, revolcándose
de risa.
Además de aquellos tortazos, nos tocó estar fuera
del dormitorio un par de horas sin saber qué hacer. Recuerdo
que me entraron unas ganas de orinar horribles; no me podía
aguantar. Allí no había servicios y tampoco me atrevía
a entrar a los servicios del dormitorio por miedo a volver a cobrar.
Bueno, pues a Valsero, que había sacado un cuaderno, a
pesar de no ser experto en papiroflexia, se le ocurrió
improvisar un orinal con una hoja del cuaderno. Bueno, un orinal...,
un orinal.., tampoco; un recipiente con más forma de vaso
que de orinal. Allí eché la meada; abrí una
ventana, miré a ver si pasaba alguien, vi que no, y lancé
mi orina acordándome del “agua va” de otros
tiempos.
A mí la risa me ha dado más de un disgusto, pero
he de decir que es como un reflejo nervioso que no puedo dominar,
no es que me quiera reír de la gente..., algunas veces,
claro está.
A pesar de aquel incidente nunca guardé rencor a nuestro
castigador, porque como he dicho antes, siempre le consideré
una bella persona de la que jamás se podía esperar
que actuara con mala intención. No castigaba a nadie por
placer.
¡El
mar!
Por primera vez desde que llegué al colegio se organizaba
una excursión. La finalidad de la misma era ir a Noja,
un pueblo “entonces” de la provincia de Santander,
para asistir al ¿canta misa? del que fuera prefecto de
los cursos de iniciación un año antes de llegar
yo, el padre Arana. Una persona de la que todos los que habían
convivido con él tenían buenos recuerdos.
Lo pasamos muy bien. Cuando llegamos a Comillas vi por primera
vez el mar, al igual que la mayoría de mis compañeros
de excursión. El tiempo no era muy bueno; incluso llovía,
pero aquello no fue impedimento para frustrar nuestros grandiosos
deseos de darnos un buen chapuzón en aquellas agitadas
aguas del Mar Cantábrico.
Nos dimos un buen baño. Salimos con los ojos colorados
como tomates, pero eso no nos importó lo más mínimo;
lo importante era que muchos de nosotros veíamos por primera
vez aquella inmensa masa de agua salada.
Haciendo turismo por Comillas escuché una expresión
que me hizo muchísima gracia. Con nuestro grupo venía
Miguelito, un chico de Comillas que estaba en mi clase. Nos encontramos
con uno de sus hermanos –me parece que eran doce o trece–,
y alguien le dijo:
–¿Qué tal se porta Miguelito cuando está
en casa?–.
La respuesta de su hermano fue:
–¿Quién, ¡este “hijo puta”!?–.
Joder, a su hermano decirle eso. Nos quedamos acojonados. Después
ya nos enteramos que era una expresión muy común
por aquellas tierras y que no le daban tanta importancia como
le dábamos por ejemplo los vallisoletanos.
Visitamos también San Vicente de la Barquera, Santillana
del Mar, Potes y la capital, Santander. Siempre guiados, y muy
bien por cierto, por el padre Esteban, santanderino de nacimiento
y gran conocedor de la tierra y sus culturas.
En Santander hicimos un viaje en barco, nos metimos un poco en
alta mar, y menos mal que salimos pronto porque a punto estuvimos
de marearnos la mayoría. Fue una experiencia emocionante.
Íbamos a volver por Burgos, para ver la ciudad, pero en
Santander un coche atropelló a Molinos, uno de mis compañeros
excursionistas; le tuvieron que hospitalizar, y ahí acabó
prácticamente la excursión, inmediatamente nos vinimos
para el colegio.
Pasamos un par de días fenomenales.
¿Comedor?,
no. Circo.
Durante este curso los mejores ratos los pasé en el comedor.
Nos sentábamos en la mesa: Rafa, Julián, Rúper,
Pascual, Melecio y yo. Rafa, mi inseparable y buen amigo; Julián,
el del chorizo en el fluorescente; Rúper, un chico de Laguna;
Pascual, de Tudela de Duero y Melecio, mi antiguo compañero
de habitación, de Tordehumos.
Creo que fueron pocos los días que nos aprovechó
la comida. Estábamos todo el tiempo jugando y riéndonos.
Cada día pagaba uno el pato (No es que comiéramos
pato todos los días, sería demasiado lujo), es que
cada día uno era el receptor de las bromas.
A Melecio le hacíamos cabrear para que cuando dijera algo
tartamudeara más, provocando nuestra risa mientras le hacíamos
burla. Se ponía tan histérico que no le salía
una palabra bien.
A Pascual le daba por contar chistes; chistes muy malos que nos
hacían reír mucho; nos reíamos de la manera
que tenía de contarlos y de lo malarros que eran. Contaba
el chiste muy mal, el chiste era malo y nosotros no nos reíamos.
Pero se quedaba con una cara como diciendo:¿seré
yo o será el chiste?
Yo tenía mucha manía de hacer como que escupía.
El sonido que hacía con la saliva y la boca era igual,
pero no escupía, volvía a tragarme la saliva. Un
día le dije a Pascual que si me lo propusiera le daría
con un escupitajo en un ojo –entonces todavía no
había llegado a mis oídos lo de la palabra “esputo”,
además prefiero escupitajo–. Pascual no hacía
más que reírse al ver mis simulacros. No se conformó
con reírse y empezó a hacer bobadas poniendo dos
dedos rodeando uno de sus ojos. En un instante su cara cambió
de color; uno de sus ojos estaba tapado por un grandioso “pollo”,
que le colgaba de las pestañas. Fue un auténtico
“bazucazo”.
Ese día no paramos de reírnos en toda la comida,
no pudimos meter ni un mal bocado en nuestro estómago.
¡Joder que risa!
Otro
de los días que no pudimos comer fue cuando tomando el
primer plato, sopa, se me ocurrió empezar a sorber haciendo
un estruendoso ruido. Mientras sorbía, dije:
–Así hace mi abuela–.
Me dio la risa, y como no podía abrir la boca porque tenía
la sopa adentro, se me salieron los mocos, que colgaban desde
mi nariz hasta el plato. ¡Aaaggg, qué asco!
Todos dijeron al unísono:
–¡Joder, Valentín , qué guarro eres!
–Tampoco os pongáis así–. Les dije.
–Se me ha “escapao”, coño–.
A Julián, para que no comiera no había más
que hablarle de bichos repugnantes. Le decía:
–Acabo de pisar un sapo antes de entrar..., le salían
las tripas por la boca–.
Julián salía del comedor en ayunas, y los otros
cinco nos repartíamos su ración de primer plato,
segundo plato y postre.
Teníamos hasta nuestro propio “show”, que sacábamos
a relucir muchísimos días. Estábamos sentados
de la siguiente manera: Rúper, de espaldas al pasillo por
donde pasaban los camareros con unos carros en los que transportaban
las perolas, platos, tazas, etc. A la derecha de Rúper
estaba yo y a su izquierda, Rafa. Frente a mí, Pascual.
Frente a Rúper, Melecio, y frente a Rafa, Julián.
Los camareros eran un poco locos conduciendo el carro. Cuando
llegaban a la altura de nuestra mesa, bien Rafa o bien yo, o los
dos a la vez si previamente nos poníamos de acuerdo, le
dábamos un manotazo en el pecho a Rúper que caía
patas arriba con su silla en el pasillo, haciendo pegar un frenado
en seco al del carro. La inercia hacía que empezaran a
bailar todos los recipientes que transportaban; si iban llenos
saltaba todo lo saltable, sobre todo si era sopa o alguna cosa
caldosa. Muchos atentados sufrió el bueno de Rúper
durante el curso, tuvimos suerte que nunca le pillara el carro.
Rúper nunca se enfadaba, y lo único que decía
era:
–¿Pero sois tontos o qué?–. Y se echaba
a reír como si hubiera sido él el provocador de
la broma en vez de la víctima. Así se explica el
que ningún día nos aprovechara la comida.
¿Cómo
se pueden olvidar tantos y tantos detalles. Tantas y tantas bromas.
Tantas y tantas risas. Tantos y tantos buenos ratos? Imposible.
A algunos, cuando les he comentado este mi proyecto de memorias
del colegio me dicen –cuando les cuento alguna de estas
anécdotas–; ¿y te acuerdas de todo? ¿Cómo
no me voy a acordar, si han sido los años más felices
de mi vida, mis mejores recuerdos? Esto no es de lo que se olvida.
A pesar de todas estas bromas, un poco pesadas, lo reconozco,
jamás nadie se puso a mal con nadie. El único que
se enfadaba algunas veces y levantaba la voz en señal de
protesta era Melecio; porque ni Rúper cuando le sacudíamos,
ni Julián cuando se quedaba sin comer, ni Pascual cuando
lo del escupitajo, se enfadaron.
Estábamos muy orgullosos de ser la mesa más divertida
y la más alborotadora de todo el comedor. Teníamos
a todos pendientes de nosotros.
Cuando salíamos del comedor, todos los días nos
preguntaban qué novedades habíamos tenido; qué
le había pasado a Melecio que tenía las venas del
cuello hinchadas; qué chiste había contado Pascual
o qué tal estaba Rúper de la última caída.
Éramos una mesa de circo.
En una ocasión nos empezamos a tirar bolitas de pan, y
acabó todo el comedor como una batalla campal, volaban
los trozos de barra de unas mesas a otras, vaya cisco que se preparó;
menos mal que no se enteraron de quienes empezaron la batalla.
Teníamos un año más que el año anterior.
La atracción hacia el sexo opuesto iba en aumento, y eso
lo notábamos en algunos aspectos de nuestra manera de ser
y de hacer.
Ahora, cuando salíamos a la ciudad, ya íbamos en
plan formal, buscando un buen ligue, o una novia ¿por qué
no?, pero nada, seguíamos sin “vender una escoba”
en este sentido. Todo seguía igual que el curso anterior.
El curso finalizaba. Ya sólo nos quedaba hacer los exámenes
de la última evaluación. Todos teníamos mucho
miedo; estábamos subiendo el último peldaño
del curso más difícil de pasar. La prueba la teníamos
en los repetidores; era el curso en que caía más
gente. Se había pegado un gran salto en las materias estudiadas
en el curso anterior y eso suponía una gran criba. Todos
los que iban pasando los cursos anteriores a trancas y barrancas,
de aquí no pasaban.
Acabados los exámenes llegaban las vacaciones. Podrían
ser buenas si aprobaba todas y malas si me quedaba alguna. Las
mías fueron malas, pues como he dicho anteriormente me
suspendieron en Taller y Dibujo. Dos de las más importantes.
Si en septiembre no aprobaba las dos me tocaría repetir
curso o irme del colegio. Afortunadamente, aunque me tocó
estudiar durante todo el verano, conseguí aprobar las dos.
Esto fue lo más reseñable que me sucedió
durante mi tercer curso en el colegio: 2º de Oficialía.
Carlos
Valentín Gil
- Julio 2016-
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